Maíz transgénico
José Luis Lezama(Nota 1)
23 de noviembre del 2008
Diario REFORMA, México
Un nuevo estudio señala la presencia de maíz transgénico en el estado de Oaxaca (Reforma, 14/11/2008). No hay que alarmarse, dirán quienes alientan la fe en éste y otros de los desarrollos tecnológicos modernos. No hay pruebas de daños a la salud humana ni a los ecosistemas, afirman. La agricultura desde sus orígenes se ha basado en un proceso de selección de semillas que en los hechos equivale a la producción transgénica, sostienen. Parecieran contar con pruebas contundentes cuando celebran no sólo la inocuidad, sino también las bondades de los transgénicos. Con la misma lógica podrían también exaltar las virtudes de la clonación, al no encontrar pruebas que demuestren que los gemelos idénticos (que son clones naturales) resulten dañinos para sus congéneres y demás seres vivos.
Diversos argumentos se esgrimen a favor de los transgénicos, la mayor parte de ellos parecen convincentes, mencionándose beneficios económicos, científico-tecnológicos, políticos, sociales y hasta morales. En este último sentido se dice que sería un crimen contra los pobres que, contando con la tecnología transgénica para resolver el hambre y la miseria, no lo hiciéramos.
Desde lo económico se les defiende aludiéndose a incrementos en la productividad, mayores rendimientos por hectárea, descenso en los precios al consumidor. Por el lado científico-tecnológico se les justifica porque permitirán avances en las fronteras del conocimiento, el fortalecimiento de la ciencia y la tecnología nacional y la contribución científica en la solución de los problemas nacionales. En lo referente a los aspectos sociopolíticos se les atribuye potencialidades en la lucha contra la pobreza, las desigualdades sociales, así como ser factor importante para propiciar el surgimiento de una clase social de campesinos y productores agrícolas fortalecida, como si la producción mundial de transgénicos, hoy día en manos de grandes corporaciones, fuera cosa de pequeños campesinos empobrecidos como los que predominan en México.
Los desarrollos científicos y tecnológicos poseen una dinámica que resulta no sólo imposible, sino también indeseable detener. No obstante, pueden y deben ser sometidos a regulaciones, como de hecho ocurre en varios de sus campos, por ejemplo la energía nuclear y la clonación con fines reproductivos. La ciencia, forma de conocer que ejerce el monopolio del saber socialmente reconocido, no sólo genera conocimientos, produce también pautas de vida, ideologías y sustentos para la toma de decisiones en materia de políticas pública. Los políticos quieren legitimar sus decisiones amparados en el prestigio de los hombres de ciencia. Decir que una decisión está respaldada por el mejor conocimiento es la mejor manera de vender decisiones políticas, sobre todo cuando son controversiales.
En marzo pasado se publicó el Reglamento de la Ley de Bioseguridad y de Organismos Genéticamente Modificados, que fue emitida hace tres años. Quienes aprobaron estos instrumentos legales insisten en que fueron consensuados en el mundo de los expertos. Los expertos, a su vez, parecen satisfechos con que se les tome en cuenta y que las leyes y decisiones de gobierno se realicen consultando a los que saben.
Es saludable que los especialistas asesoren y sean consultados en materias tan delicadas como la de los transgénicos. No obstante, no deben ser los únicos en ser considerados en decisiones que afectan a diversos grupos de la sociedad o con repercusiones en diversos ámbitos de la vida. Por lo tanto, además de los expertos, otros sectores, grupos e individuos deben estar autorizados para hablar y ser oídos. Cuando existen dudas, controversias, desacuerdos o incertidumbres sobre problemas que afectan de manera amplia y significativa la vida natural o social deben prevalecer los criterios morales en la toma de decisiones. Si la clonación, por ejemplo, se dejara en manos de los expertos sería hoy día una práctica generalizada. No lo es porque la moral social no lo permite. No es aconsejable darle exclusividad al criterio científico-tecnológico en este tipo de decisiones.
La ciencia, se afirma, es neutra. No obstante, cuando alguien asiste con toda legitimidad a una oficina de patentes nacionales o internacionales a registrar el producto de sus esfuerzos en el campo del conocimiento por el cual recibirá regalías, se está convirtiendo en parte de un grupo de interés. Sus opiniones, aunque válidas, perderán la aludida neutralidad. Otros miembros de la sociedad tendrán intereses y opiniones distintas. En materia de política pública la democracia tiene que ver con la inclusión de las perspectivas, intereses y puntos de vista de todos aquellos que serán receptores de los beneficios o perjuicios de las decisiones adoptadas.
Los transgénicos por sí mismos no resolverán el hambre, aun cuando a muchos hombres de ciencia los animen profundos principios humanitarios. La escasez que padecen las familias pobres no sólo deriva de la escasez material de alimentos sino, sobre todo, de una escasez que se produce y perpetúa por mecanismos sociales y políticos. Producir más alimentos en México con las mismas estructuras de poder y distribución hará más ricos y más pobres a los que ya lo son. Mientras tanto, habría que ver qué cosa ocurrirá realmente con la salud de la gente y de los ecosistemas, con su contaminación genética, algo que sólo el futuro dirá.
(NOTA 1) Página de internet: http://www.jlezama.cjb.net/
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